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AIRES BUENOS para PIONEROS: "Cuando la vida cuelga de un hilo",el testimonio de Germán Montenegro de JCI Corrientes
Lunes, 21 de Febrero de 2011 12:02

Conoce en el primer evento nacional de JCI Argentina del 26 al 27 de febrero de 2011 en Buenos Aires un pionero de Corrientes, Germán Montenegro. Adelantamos parte de su historia de vida en donde enfrento el desafío de un trasplante hepático:

“ Soy Germán Montenegro. Nací el 9/6/88 y desde chico mis pasiones han sido la tecnología y deportes como la natación y el triatlón. A hoy, dichas pasiones siguen estando presente en mi vida pero, luego de transitar una experiencia que a continuación relato, hoy mis intereses y pasiones se han desviado un poco. Pienso en cómo lograr nuevos y mejores objetivos, considerando además si lo que hago ayudará a que el mundo sea mejor. Pienso también a cuántas personas podré ayudar. Aprendí a encontrar lo positivo que puedo extraer de cada experiencia y que las derrotas y los errores, no son otra cosa que nuevas oportunidades para crecer y para volver a intentarlo.

Esta experiencia por la que pasé a mis 20 años, me cambió la forma de valorar mejor los objetivos que uno se pone como meta, a considerar que ningún anhelo está muy lejos si uno de verdad se propone a lograrlo.

Pienso que la vida cuelga de un hilo. Y cuando ese hilo está a punto de cortarse, cuando la situación es tan extrema como la certeza de la muerte próxima por la necesidad de un transplante, uno considera las cosas que hizo y logró. No en beneficio propio, sino en beneficio colectivo; tanto para uno como para tu entorno que te rodea.

Recibimos lo que damos.

Esto me llevó a balancear mi tiempo entre crecer personalmente, y colaborar en el crecimiento de una sociedad mejor. Nada de esto hubiera sido posible, y yo no estaría aquí hoy contando esta historia, si la familia que me donó el hígado de su hija no hubiera dicho: Sí, dono.
Todo comenzó un 12 de marzo de 2009: un dolor y una infección cercano a la vesícula que implicó una extracción, dos días después. Estuve internado una semana, y luego continué en casa con tratamiento con antibióticos. El dolor cedió, pero al suspender antibióticos, volvió veinte días más tarde. Volvemos a la clínica a realizarme estudios: los resultados de los análisis no fueron positivos, y no se sabía diagnosticar.

Viajé a con mi padre a Buenos Aires, me interné en el Hospital Militar Central donde un control encontró piedras en vías biliares. Me operan, mejoro y por la noche vuelvo a Corrientes. No llego a estar un día allí que el dolor reaparece y regreso a Buenos Aires.
En una nueva operación me extrajeron 18 piedras más, y quedo en observación en
terapia intensiva. En este momento, tomé la decisión de dejar totalmente el cursado en la universidad.

En este hospital, por suerte, a pesar de estar encerrado en terapia intensiva, me dieron un box especial, con vistas hacia el mundo urbano, algo que super agradezco, ya que pensándolo el día de hoy, no sabía que esa iba a ser mi habitación por los próximos 2 meses.
El dolor que tenía era importante, esto se hizo más intenso luego de que me colocaron dos catéteres conectados al hígado izquierdo y derecho, a través de los cuales se extraía mi bilis: los conductos por donde debían salir normalmente hacia el intestino delgado, estaban totalmente infectados y obstruídos. Me hice amigos de todos los enfermeros, en este sentido no la pasé para nada mal. Aprendí sobre algunos temas médicos, todos los días a las 7am me despertaban los residentes y evaluaban mi estado que, en promedio, era cada vez peor. Hubo un tiempo en que se desconocía específicamente mi problema.

Viví la experiencia de no comer; mi ingesta se suspendió “hasta nuevo aviso”. Esto me llamó mucho la atención y me costaba comprenderlo. Los primeros días sentí hambre, escuché los ruidos de mi estómago. Luego del cuarto día el hambre y las ganas de comer desaparecieron. Así transcurrí veinte días; llegó “el nuevo aviso” y comencé a recibir alimentación endovenosa. Luego volví a alimentarme por boca, algo bastante díficil porque había perdido la costumbre de comer y un simple raviol me hacía sentir más que satisfecho.

El hecho de realizarme estudios comenzó a no simpatizarme. Estaba constantemente muy cansado por falta de energías y los estudios eran, casi siempre, dolorosos, en especial las extracciones  biliares y de liquido pleural, algo que derivó en permanentes pedidos personales de analgésicos antes y durante las intervenciones. Después de dos meses de estudios y unas cuantas operaciones, me derivan, a comienzos de Julio al Hospital Italiano de Buenos Aires, allí me diagnosticaron infección hepática.

La llegada a este Hospital fue un cambio radical de entorno. No tenía vista hacia afuera, las paredes rosas de mi habitación me producían una depresión rara. A pesar de dichos aspectos, sentía que estaba transitando el camino hacia una posible solución a mi enfermedad.

A diferencia del Hospital Italiano, en el Hospital Militar, podía estar con mi padre, con él conversaba y el tiempo era más llevadero. Tenía que arreglarme solo, por las noches sufría de insomnio por el dolor. Para poder pasar mis noches de seis horas, me ayudé con una técnica que yo mismo cree que consistía en imaginarme cuadrados sobre la pared y contarlos.
Sus mosaicos me permitían hacer cálculos de área por cada pared que podía ver. Luego, sumaba todas… habré hecho esto miles de veces. Cada vez que me desconcentraba de mi juego, el dolor en la zona del hígado regresaba.

Estaba a tan sólo UN paso de una infección generalizada donde la falla de algún órgano, podía causarme la muerte.

Uno reflexiona en muchísimos aspectos de su vida, preguntas como:

¿Qué hiciste por el mundo? – ¿Qué dejaste? ¿Cómo serás recordado? ¿Hiciste
que personas vivan mejor gracias a vos? ¿A cuántas serviste? ¿Encontraste tu misión?. Sabía que la muerte estaba presente, además el panorama no era favorable, al contrario. Sólo comprendí de que preguntarse a uno mismo, el “Por qué” le suceden las cosas, es totalmente inútil. En situaciones extremas, de nada sirve. Sí, debes preguntarte, el Para Qué estás pasando por el problema. Una vez que lo sabemos, vemos el problema como una oportunidad.

Para mediados de Agosto 2009, la idea de un posible trasplante comenzó a barajarse. La esperanza de que finalizara la infección nunca se apagó. Llegó un momento en que “todo me daba igual”, debía vivir lo que tenía que ser. Habiendo atravesado muchísimas operaciones un día me dijeron:

“Germán, estamos pensando como una posible solución de tu problema, hacerte un trasplante hepático, ¿accederías?”,respondí -“Sí, no tengo problema.”.

Siempre sabía que todo esto sucedía por algo. Esa esperanza o expectativa por saber, que había después de todo esto, me intrigó siempre.

Entonces, a partir del 24/8/09, comenzaron los trámites para el trasplante y acceso a lista de espera. Este proceso no fue traumático; pasé esos días anímicamente bien. La atención del Hospital Italiano era excelente y esto incidía sobre mi bienestar. No puedo decir lo mismo de mi estado físico: pesaba cerca de 40 kilos, mi piel era amarilla por exceso de bilirrubina en sangre, también mis ojos. El dolor era constante, de día y de noche, recibía altas dosis de morfina y tranquilizantes y no conseguía dormir demasiado.

La noche del 31/8 me despertaron porque estaba el órgano.

Diez minutos después de ingresar al quirófano, comenzó mi trasplante. Desperté con un respirador. No sabía dónde estaba ni qué hora era. Primero pensé que la operación había sido un par de horas antes, como las anteriores, y no entendí cuando mi papá me dijo: “Hace 3 días fue el trasplante”. En ese momento me di cuenta de algo: ¡No tenía dolor!. Ya no lo sentía en absoluto. No se puede explicar lo que se siente no tener dolor, cuando uno tiene el hábito de aguantarlo.
Desde entonces, inicié un tratamiento, primeramente en terapia: tuve que aprender a caminar de nuevo y hoy en día realizo una rehabiltación post-trasplante que me permite seguir mejorando y me enorgullece decir que hoy ya casi realizo todas mis actividades normalmente.

Me dieron de alta provisoriamente el 17/11/09: tenía que vivir cerca al hospital para controles frecuentes. Para aprovechar ese tiempo en Buenos Aires, decidí realizar un curso de planes de negocios en la Cámara Argentina de Comercio. Esto estaba organizado por JCI Argentina, de la mano de Claudio Cocconi.

Fue la primera vez que escuché JCI; una red mundial que tiene como misión generar cambios positivos en la comunidad; fue el momento ideal donde vi en la organización un medio a través del cual podía materializar la visión que en mi mente se había gestado durante este tiempo de lucha.

Aprendí lo que significa la perseverancia. Cualquier cosa podes lograr si te lo propones, aunque generalmente hay que dar primero, para después recibir. Aprendí que las cosas siempre se dan por alguna razón, por algo que debes aprender. Aprendí que el secreto no está en no tener problemas, al contrario, cuanto más resuelves problemas, problemas más grandes se te presentan. No debes esquivarlos sino aprender a lidiar con problemas cada vez más grandes.
Aprendí que debes comprometerte de verdad, si deseas que todo salga bien. En terapia, tomé la decisión de que saldría vivo. Lo mismo hay que hacer con las verdaderas prioridades de tu vida.
No tomarse todo muy en serio. Algunas cosas hay que dejar que fluyan. Se hace necesaria la fe en uno mismo, mas allá que no puedas controlar lo que te está pasando. Creer en que las cosas te van a sorprender, sin caer en la irresponsabilidad. Encontrá la misión por la que estás en el mundo. Tengas 15 o 70, debes buscarla. Es la principal herramienta que te permitirá enfrentar los desafíos y alcanzar tus anhelos. Si tienes una razón para vivir, podrás enfrentar todos los cómos.

Debés superar cada desafío que se te presenta, esto te permite crecer, ser mejor, dándote permiso de encontrarte contigo mismo. Cuanto más sepas de ti, más comprenderás a los demás.

Gracias a haber recibido la donación de un hígado, hoy sigo vivo. Sé un donante de órganos, este acto salvó mi vida.”

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